El pelotón del Giro, entre la naturaleza./ CC Engie Italia Flickr

Apuntes del Giro d’Italia 2016

El equipo

Fernando Alcalá-Zamora

El deporte así llamado ciclismo, visto desde la distancia, se presenta como intrínsecamente individualista. El ciclista pedalea, lucha, ataca, gana y pierde. La gloria es para quien rebasa la línea de meta en primera posición; no hay más. Nada de esto es una percepción equivocada y, sin embargo, se hace imposible ganar sin compañeros.

En la meta de Foligno venció André Greipel. Gigantesco y musculado, el alemán es un velocista salido del lápiz de un caricaturisca. Su porte sobre la raquítica bicicleta es desproporcionado. Viendo su sprint durante los últimos 200 metros de etapa no cabe duda: es él, sólo él, quien decide su fortuna.

Eso, de no ser por un detalle: hablamos de un deporte de fondo en el que la séptima etapa contó con una distancia de 211 kilómetros. Apareció Greipel a 200 metros de meta. ¿Qué sucedió en los 210.800 metros previos?

Ocho compañeros, anónimos en su trabajo para la generalidad del público, decidieron emplear cinco horas de un 13 de mayo en el corazón de Italia en vaciarse en pos del rubio alemán. Enfundados en el precioso maillot rojo del Lotto-Soudal protegieron a Greipel del viento, le avituallaron con comida y bebida, abrieron el hueco preciso para su comodidad y, finalmente, se apartaron de la recta de meta cuando los flashes de las cámaras apuntaron.

El ciclismo es el deporte individual más colectivo que existe.

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

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