El pelotón del Giro, entre la naturaleza./ CC Engie Italia Flickr

Apuntes del Giro d’Italia 2016

Cadenas

Fernando Alcalá-Zamora

Las marcadísimas facciones de su cara y su barba cerrada a cal y canto están ahí para recordárnoslo: es un ciclista atemporal. Sus escarceos erráticos no hacen sino remitir a su condición de genio terrenal. El atribulado rumbo de su carrera, la obsesión insana por el tótem que supone el Tour de Francia, permitirán dentro de treinta años agrandar su leyenda.

Hoy, verlo retorcerse en directo; ver cómo su piel se magulla mientras la cámara hace zoom, cercena nuestra valoración.

Alejandro Valverde Belmonte falla y se equivoca. Muy probablemente esté a merced de un entorno que nubla su camino. Pero es él, el ciclista, quien en última instancia gana o pierde.

En la espesura del bosque, cuando todos se miraban enfundados en sus maillots de colorines, Alejandro Valverde volvió a exponerse al fracaso. Atacó cuando sus rivales se encogían, enmudecían, ante una nueva encerrona genial de ese grupo de italianos cabrones que conforma la organización del Giro d’Italia.

El debutante Valverde, obnubilado hasta ahora por las carreteras francesas, descubrió a contrapié una ronda de tres semanas que brinda al pelotón etapas en las que honrar a este deporte maltratado.

Alejandro Valverde Belmonte, al que se le va notando la actitud de estar ya de vuelta de todo, se deshizo de sus cadenas y recordó que él, sí, es ciclista.

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

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