Betis

Dentro de poco se cumplirán doce años de la primera vez que esperé turno en la cola más desorganizada que puede imaginarse, una maraña de gente con prisa y apretujada, con la única finalidad de ver noventa minutos de fútbol encaramado de pie sobre un asiento verde de plástico.

Yo había acudido con la tranquilidad y confianza del que, por una vez, es relativamente ajeno a lo que ocurre sobre el verde: el Betis iba a ascender, mis amigos acudían a celebrar el éxito de los suyos. Antes del final de aquel partido de Segunda División, con el equipo local goleando 4–0 en lo que debía ser una fiesta colectiva, las butaquitas descoloridas volaban grada abajo tras ser pateadas sin piedad por chavales disgustados. Tardé tiempo en entender que en aquel giro de guion inexplicable, en ese no ascenso rocambolesco ante el Levante, radicaba gran parte de la fuerza de atracción que ejerce este club enloquecido que responde al nombre de Real Betis Balompié.

Una década después, tras cuatro Champions de los míos gritadas, con la cruzada online mourinhista y los años de amor zidanescos de por medio, el cuerpo sigue pidiendo su chupito semanal de Betis. Llega el viernes y compruebas: a qué hora juega el Madrid; a qué hora juega el Betis. La suma de esfuerzos asegura una combinada de derrotas escandalosas y victorias incomprensibles para no llegar con pulso a los 50. Pero ya es tarde, necesito lo uno y lo otro.

El madridismo universal y el beticismo local. El ingenio blanco desparramado en Twitter y la genialidad entre cervezas en Tajo. Aunque estando en medio se sufre el doble, con el Madrid de los jerarcas presente todo ha sido más fácil. Por eso hoy, con la Copa del Rey ya en Heliópolis, me acuerdo de los amigos béticos que han aguantado años sobreviviendo en la trinchera. Sin tregua y sin vía de escape alternativa.

A mí, siempre lejos del Bernabéu, me dieron un hogar futbolístico al final de la Palmera. En las viejas filas de Gol Sur encaladas de blanco, o en el reluciente tercer anillo recién estrenado, no hubo día en el que esta gente dijese no a hacer un hueco extra en medio asiento para un cuerpo extraño. ¿Cómo ponerle un pero a este equipo? Ni siquiera después de atravesar la península para presenciar un 0–0 en Vitoria.

No, es el Betis y ese es el contrato. Así lo he ido aprendiendo estos años, hasta el punto de empezar a disfrutar bajo la tormenta. Por eso esta Copa, que es de ellos y no mía, me alegra tanto. Por Jesús y Miguel. Por Juande. Por Rafa. Por Salva. Por Jose y Jesús. Por Luis. Por Ignacio. Por tantos que me han pasado la cerveza y con los que he apurado las horas, una y otra vez, hasta tener que acabar corriendo como chiquillos para entrar en hora al estadio.

Eso no ha cambiado en doce años y, por suerte, tampoco lo ha hecho la Copa ganada en la ciudad. El domingo, subiendo de tres en tres las escaleras con el corazón en la boca tras el sprint de rigor y el embotellamiento en la puerta, pensaba en aquella primera vez en 2010 y solo me salía sonreír.

El Betis es así.

--

--

--

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

Love podcasts or audiobooks? Learn on the go with our new app.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store
Fernando Alcalá-Zamora

Fernando Alcalá-Zamora

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

More from Medium

XIX — The Sun

The Blue Pills Can Feel So Good

The Sacred Forest

World Peace Through Spirituality