Bicicleta bajo la ventisca./ CC 16nine Flickr

Suele ser una de mis ideas predilectas cuando trato de extenuar mentalmente a conocidos y desconocidos hasta que acaban rendidos ante el ciclismo. En la mayoría de los casos, para dejarme atrás y olvidarlo todo a continuación. El tránsito, el camino por recorrer, ocupa un lugar central en el particular altar de este deporte incorregible.

La Milán-San Remo, más que una carrera de un día, es una declaración de intenciones. La distancia espacial lo es todo: 300 kilómetros entre el corazón de la Lombardía y el extremo occidental del golfo de Génova. Un recorrido suave que tras siete horas de competición suele decidirse en los últimos doscientos metros de carrera. En la legendaria Vía Roma de la ciudad costera.

Es, por definición, el sueño de cualquier detractor del ciclismo: ¿quién puede llamarse aficionado a un deporte tan increíblemente soporífero? La Milán-San Remo es el culmen de un despropósito que dura ya más de lo aconsejable. También es, claro, una de las mejores carreras ciclistas del año.

De camino a San Remo no hay fuegos artificiales, sólo esfuerzo invisible. El ciclista frente a su capacidad de resistencia. El desgaste ante el paso del tiempo. Pasan horas hasta saborear el salitre ligur. Pero entonces ocurre: retumba el oleaje y crujen las piernas.

Así, únicamente así, se abre la gran puerta. Y caen las estatuas, los mitos y los fantasmas. Queda el hombre, frágil y polvoriento, sobre su bicicleta. Derrotado una vez más ante el implacable paso del tiempo. Para cuando cruza la línea de meta, sí, ha llegado la primavera.

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.