Atlántico./ Foto: F. Alcalá-Zamora

El océano Atlántico no descansa; siempre acude al encuentro con el Sáhara. Y sin embargo cada mañana, cuando el continente se dibuja ya en el horizonte, choca sin remedio contra la roca negra del volcán. Sólo entonces comienza la batalla.

Conviene cerrar los ojos pues el sentido de la vista, con sus trucos de color espectaculares, intenta monopolizar el sistema de receptores del cerebro. Como en las grandes contiendas históricas, el sonido permite captar con precisión la magnitud de la escena. La embestida de los dos frentes, el restallar del metal allí donde las espadas se encuentran y los cambios en la intensidad del griterío, en función de los designios del viento.

La cara norte de Tenerife es una batalla del Somme natural que se prolonga desde hace milenios. Cada día, los dos bandos se presentan en la misma línea del frente –que apenas se mueve unos centímetros– y se enzarzan sin dilación. Los cañonazos se intuyen terribles, a tenor de lo que llega al oído.

Aquí y allá, el oleaje choca con la piedra en una reacción que fractura en incontables trozos la punta de lanza de ambos ejércitos. De un lado caen mansos a la orilla los fragmentos de arena negra. Y, por encima, la musculosa ola escala con liviana facilidad el acantilado, convertida en una espectral avanzadilla de vapor de agua.

Cuando el escarpado acantilado deja paso al bosque, la acción se traslada a las alturas. El océano, debilitado, se contenta con enviar tierra adentro a su caballería blanca. Un mar de nubes que lo difumina todo.

A este lado del frente, dos mil metros por encima del rompeolas, la ventaja estratégica pertenece ahora al volcán. Subiendo por el desfiladero, en el corazón de una inmensa nube, el océano queda desenmascarado: con la mano extendida, el fantasma se puede tocar. Moja.

La carretera mantiene su ascenso sin fin hasta que, de improvisto, el mar en suspensión queda retenido bajo los zapatos. Y todavía por encima, más allá de lo esperado, se abre paso el Teide. Invencible.

Casi invencible.

Lo fue hasta que la ciencia hizo el resto. Ahora, al cobijo del volcán, el cielo se proyecta hacia el infinito. Desde una diminuta isla, varada frente a África y a merced del océano, el ser humano comprende que lo es todo, y a la vez nada, cuando puede ver con sus propios ojos los cinturones de Júpiter en una fría noche de marzo.

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store