Giralda, Sevilla./ CC Flickr Frostis

Se puede vivir en Sevilla durante seis años y no tener relación alguna con la Bienal, ese “gran contenedor cultural” de todo lo flamenco –como lo definen en su web–. No estoy en disposición de asegurar que sea viable mantener la situación más allá de ese tiempo.

No, porque en algún momento uno tiende abrir los ojos. No mucho. Pero sí lo suficiente como para percatarse de las personas que se apiñan en la calle para observar una actuación; o como para desdeñar la dictadura que ejercen las etiquetas para con los estilos musicales.

El flamenco, en fiel consonacia con tantas y tantas señas de identidad de lo nuestro, suele percibirse como excesivo. Hay apasionados y detractores suficientemente vociferantes como para ensombrecer el espacio que quede entre ambos. Caricaturizan la realidad y alejan a ojos indiscretos. Sin embargo, no todo está perdido.

El miércoles por la tarde no hacía demasiado calor en Sevilla. Con un poco de esfuerzo, podía incluso olisquearse la tierra mojada dejada tras la tormenta del día anterior. Las puertas de la parroquia de Santa Cruz estaban abiertas de par en par, en cuidada estrategia de marketing: el abundante incienso se expande rápido por las estrechas calles del barrio y su intenso olor acaba por atrapar a los grupos de turistas que pululan por los alrededores.

A unos pasos de la casa del Señor se reunió un grupo de seis adultos al que cualquier incauto podría confundir con los componentes de una banda hípster de indie-folk. Pelos largos aquí, barba prominente allí, etcétera. Entraron en el patio porticado de un antiguo convento con evidente intención de ponerse a tocar allí mismo y nadie se lo impidió.

Figuras difusas en acción./ Fernando Alcalá-Zamora

Lo que Sergio de Lope y su banda elabora se hace difícil de definir, especialmente cuando uno carece de conocimiento en la materia. Quizás, sí, sea flamenco; o jazz fusión; o nada de eso. Ante todo, es una construcción compleja. Pero ahí radica su razón de ser. ¿Acaso no alegra ver a un purista –de lo que sea– revolverse en su butaca?

No pude apreciar cuántos de los presentes sintieron incomodidad durante la hora larga que sonó la música a los pies de la Giralda. Había anochecido; la sala estaba demasiado oscura.

Sí alcancé a ver lo suficiente como para convencerme de algo: es imposible establecer un patrón demográfico homogéneo que englobe al público congregado. Había jóvenes, adultos y ancianos; había entendidos de flamenco y había estudiantes erasmus recién aterrizados en la ciudad. Había, incluso, periodistas fuera de su zona de confort. Todos aplaudieron.

Creo que Sergio, el artífice de todo esto, puede respirar tranquilo. Su espectáculo musical es arriesgado pero, en paralelo, consigue transmitir la solidez sobre la que se apoya una banda de músicos experimentados.

A partir de ahí, lo demás es actitud. Creo que lo flamenco, como espíritu, debe ser algo así como sentir aversión a la monotonía.

La Giralda, con una sombra que se desparrama hasta alcanzar el antiguo convento en el que Sergio de Lope tocó, se erige impertérrita como un libro abierto. Es la conjunción de un todo –a ratos árabe, a ratos cristiano, siempre mestizo– que destaca por su capacidad para dotar de coherencia a una construción inextricable.

La Noche en Utrera que Sergio de Lope y su banda de hípsteres geniales interpretaron tiene mucho de Giralda. Su actitud los delata: son vivo ejemplo de lo flamenco. Son flamenco, sin cursiva.

Sergio de Lope y su banda, en un momento del directo./ Fernando Alcalá-Zamora

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

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