Un olivo griego, natural de Creta./ CC Hindrik Sijens en Flickr.

La subbética cordobesa está plagada de carreteras secundarias. No tienen líneas pintadas, no tienen arcén y apenas tienen tráfico. Son, en cambio, generosas en curvas reviradas.

Serpenteantes por valles y sierras, han quedado congeladas en el tiempo. Su asfalto, una cicatriz en mitad de la nada, es rugoso e irregular. Hay grietas, gravilla y, a veces, lagartos de un verde intenso.

A su alrededor todo es océano de olivos. Hectáreas y hectáreas, incluso en terreno abrupto, impertérritas ante la perfecta monotonía que cobijan. Miles de árboles que crecen en cuadrícula, ordenados como centinelas, y sin rozarse entre sí.

Cuentan que los antepasados de esta variedad de olivo llegaron desde algún lugar ubicado entre Siria y Turquía de manos de los fenicios. Lo que hoy contemplamos como un cultivo deficitario, anquilosado y sufrido, no obstante, se ha conservado hasta nuestros días gracias al fantástico torbellino de civilizaciones que transitaron por estos campos hoy decadentes.

Me complace que las continuas superposiciones históricas nos hayan dejado su legado incrustado en los términos que hoy definen esta región. Que en ‘olivo’ y ‘aceituna’ veamos el rastro del griego, el latín y el árabe. Una mezcla fascinante.

El sol de agosto abrasaba el otro día junto a una de esas carreteras truculentas. Había una furgoneta destartalada aparcada sobre la tierra. A su lado, y bajo la sombra de un olivo, un hombre canoso completaba crucigramas con parsimonia recostado en una silla de playa. Desconozco si sigue allí.

Periodista. Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.

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