Valverde somos todos

Sobre la retirada de un ciclista imperfecto.

Fernando Alcalá-Zamora
3 min readOct 10, 2022

Ídolos. Héroes. Mitos. Leyendas. Referentes. El deporte profesional no puede existir sin ellos; son los protagonistas que convierten en interesante la competición. Transforman la irrelevancia del duelo entre dos o más humanos por ser el mejor en una historia compleja, alejada de la pelea unidimensional en la sabana grabada para el documental de La 2.

Sus habilidades innatas y su entrenamiento enfermizo los acerca al ideal de excelencia que cualquiera puede reconocer. Como la novela de Dostoievski o el último descubrimiento en física cuántica, el fruto de su trabajo muestra la capacidad de la mente o del cuerpo funcionando a máximo rendimiento. El asombro que resulta de contemplar su obra puede descomponerse en dos elementos: en primer lugar, existe el reconocimiento puro ante la marca deportiva deslumbrante –correr una maratón en dos horas, un minuto y nueve segundos–; tras él aparece el reconocimiento por agravio comparativo, la fascinación ante una realidad tan fuera del alcance propio, de otro mundo.

Tu héroe es todo lo que tú no eres. Permite escapar de los limitadísimos confines del cuerpo en primera persona: sintiendo como propios sus éxitos, experimentando felicidad ante sus victorias, nosotros entramos por momentos en un Olimpo al que tenemos prohibido el acceso.

Creo que la explosión de serotonina que los triunfos deportivos ajenos nos produce se explica –en parte– por el contraste absoluto con la vida adulta, ese mar de variantes del gris. De vuelta a nuestro mundo, la felicidad no es inagotable, el éxito nunca es rotundo, siempre habrá un pero o un casi. Precisamente por esto, el paso de los años me ha ido reconciliando con Alejandro Valverde.

Al ciclista murciano, que ha ganado como pocos en la historia del deporte, siempre le acompañará una sombra de reproche que no suele casar con su hechura de héroe. Si su relación con el dopaje es difícil de obviar, más aún lo es la paradoja de estar ante un deportista ganador que –todos estamos seguros– debió ganar muchísimo más. Valverde nos ha levantado del asiento tanto como nos ha desesperado. La frustración solía nacer de una convicción alocada: podía hacerlo aún mejor, estaba desperdiciando su talento.

Pero, ¿quién soy yo para juzgarlo? Mi yo aficionado de 17 años estaba atado a la dualidad del bien y el mal, a los juicios rotundos y de máximos, al optimismo total frente al futuro. Ahora, la complejidad de la mente adulta abre una ventana a la aceptación, una salida honrosa: la imperfección no solo existe, es indisociable de nuestra especie. De ahí que en Alejandro Valverde y sus errores, en sus momentos de lucidez y en sus pifias en apariencia incomprensibles, vea no al héroe todopoderoso de cómic, sino a un hombre de carne y hueso que, tan a menudo, fue extraordinario.

Llegado el momento de su retirada, lo honesto es escribir «gracias por tanto», sin titubear. Porque Alejandro Valverde Belmonte fue, ante todo, la leyenda que más se asemeja a lo que somos.

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Fernando Alcalá-Zamora

Fútbol femenino, ciclismo y Copa de Europa en primavera. Editor de Las Islas.